sábado, 7 de enero de 2017

Mierdezas.

Hace unas semanas  me apunté a la cena de empresa, cosa que suelo hacer con un criterio errático e incoherente basado en mis órganos reproductores masculinos. Mi expectativas de diversión y algarabía no eran muy buenas. 

Según iba pasando el tiempo mis ganas de asistir al citado acto se desvanecían como una flatulencia en el coche de tu padre cuando estás rodeado de toda tu familia y a pesar de que el personal te mira mal la fragancia perdura... Al final asistí al acto.

Llegado el citado día, como viene siendo habitual se quedó en la plaza de un determinado pueblo para empezar la noche con la ingesta de diversos líquidos espirituosos que nos ayudasen a soportar el tedio de la velada. Yo toda mi vida he sido abstemio hasta que he empezado a asistir a estos actos, si trabajar con ingenieros es cargante, no os podéis hacer una idea de lo que es salir de marcha con ellos.

Llegó el momento de sentarse a la mesa. Aunque esos instantes no gozan de ningún tipo de trascendencia, cabe decir que desde que entré por la puerta del restaurante hasta que logré sentarme pude sentir cómo pasaba mi vida por delante de mis ojos. Aquello parecía una manada de ñues en estampida huyendo de los cocodrilos. Finalmente  pude sentarme.

Una vez más gozamos una modesta compañía femenina, la de las camareras.

La cena transcurrió sin pena ni gloria, las mismas anécdotas de siempre, todo el mundo guardó la ropa. El chuletón que me comí estaba bastante crudo, pero un instinto primario me obligó a seguir adelante con el mismo, cada vez soy más del Norte.

La velada terminó con la ronda por los bares. Momento bueno para acelerar el consumo de alcohol. Entre copa y copa, música reguetonera, empujones y conversaciones inaudibles a las que siempre asentía, mi olfato se percataba eventualmente de los efluvios corporales de algún cabrón desaprensivo dispuesto a aliviarse. Lamentable, esa noche no tuve artillería para contraatacar.

A pesar de los pisotones, la conversaciones besuguiles y de la música, he de admitir que me lo pasé bien. Me encantó desmarcarme de los Cantajuegos, ropas infantiles, conversaciones con otros padres y todas esas cosas que están monopolizando mi vida ahora.

Finalmente llegué a casa ligeramente mareado, di dos besos y me eché a dormir. 


2 comentarios:

  1. Supongo que es lo que dicen: que siempre viene bien cambiar un poco de aires para no asfixiarse.

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    1. jaja... Eso siempre, tanto en la vida como en los espacios cerrados ;P

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